
Hoy tenemos chicas moteras, pero de las de verdad. No sé vosotros, pero a mí pocas cosas me parecen más sexys que una chica conduciendo una moto con habilidad.


Motos, viajes, reflexiones moteras. También de todo un poco, pero sobre todo, esto va de motos.






Chaquetas de cuero negro, botas forradas, gafas y casco de aviador y sobre todo, las bufandas de seda, eran el uniforme de esta tribu tan legendaria como demencial.
Triumph Thruxton de 2004. ¡Cafe Racers are back!

En to el medio del monumento, es que estos moteroooosss...
Nos subimos a las burras antes de que llegara la autoridad competente y empezamos a rular por una carretera con un paisaje precioso, bordeando el río Sil. La carretera no era tan preciosa y más de uno tuvo que parar a recoger los empastes y/o la dentadura postiza, que ya uno tiene cierta edad. Por suerte la suspensión de la V-Strom está hecha para este tipo de carreteras, pero creo que los sesos de más de uno de mis amigos escuteros se estaba moviendo más de lo aconsejable dentro del casco.
Pero valió la pena, porque enseguida llegamos a Os Peares, un pueblecito arrinconado entre los barrancos de la Ribeira Sacra, donde dimos cuenta de una frugal pitanza de pulpo a la gallega y carne asada…
Más tarde visitamos el monasterio de San Estevo y el monasterio de San Pedro de Roc, que además tiene un manantial con propiedades curativas, desde hacer crecer el pelo hasta borrar las arrugas, aunque a juzgar por la pinta de los que venían delante nuestro –una excursión del inserso- no me fiaría mucho de lo que dicen. Gracias a Dallegas que nos explicaba todo, con el mérito añadido de no mirar la chuleta ni pedir propinas.
Luego volvimos al hotel no sin antes hacer unas tandas libres por una carretera, la OU-636, de magníficas curvas y asfalto perfecto. Disfrutamos como enanos, yo el primero, intentando el difícil arte de hacer rozar las estriberas sin hacer rozar el casco. No conseguí ninguna de las dos cosas, pero la verdad es que fueron unos kilómetros de esos para los que los moteros vivimos (y que dios nos conserve los puntos). Esta carretera pasa a mi lista de tramos-moteros-míticos, junto al Puerto del Pico en Ávila, la carretera de Tragacete en Cuenca o el Puerto de la Cruz Verde. Lo único malo es que alguien ha tenido la ocurrencia de poner pueblos entre medias, donde hay que reducir la velocidad a 50 para no tener más disgustos de los necesarios, ya sea un coche que se atraviesa, ya sea un señor de verde al que se le atraviesa tu carné de conducir.
Lunes 30
Partimos de buena mañana y visitamos el balneario de Os Baños de Molgas, donde una fuente de agua sulfurosa a 49 grados surge de la falla que recorre Galicia de Norte a Sur (Dallegas dixit). Saliendo del pueblo nos pilla el primer aguacero de la quedada, pero ya podíamos darnos con un canto en los dientes porque hasta entonces el tiempo nos había respetado. Aquí dejó de hacerlo y como cualquier pervertido, que cuando empieza a no respetar ya no para, no dejó de incordiar lo que nos quedaba de día.
Siguiente parada: Requeixo, donde hay un bosque pintado por Ibarrola, curiosa obra de arte integrada en la naturaleza, con sus árboles de colores cuyos motivos van cambiando según el sitio desde los que los mires. Pero lo que más éxito tuvo fue un puente de madera que Luzbel, Delli, Dalle y otros intentaron romper a base de saltar encima. Vaya inmaduros… pero molaba un huevo, juas…
En Allariz comemos de nuevo frugalmente unas almejitas con pasta y sin pasta y pescaditos y carnes varias (de las de comer) y luego visitamos el museo del cuero, con nuestra amiga Clara/Isia, forera honoraria y nativa del lugar. Empieza a diluviar, así que optamos por ver pasar la vida debajo dentro de un gran tejado junto al río para ver si paraba un poco, en un alarde de nuestro irreductible espíritu motero, ajeno a las inclemencias.
Ultima parada, Rivadabia, donde se celebraba una feria del vino y que algunos aprovechamos para mojarnos también un poco por dentro, además de hacer acopio de queso y chorizos, pero sólo por una curiosidad antropológico-culinaria.
Volvemos al campamento base, ya de noche, y la mítica OU-636 esta vez es la puñetera carretera 636, fría, húmeda, fría, oscura y fría (de coj….).
En el hostal (Hostal la Viuda, por cierto, muy bien puesto, con un personal amabilisimo y encantador aunque siempre llegáramos tarde a cenar y le pusimos perdidos de barro los pasillos) después de cocernos un rato bajo la ducha caliente para volver a convertir en dedos y piernas lo que parecian trozos de madera congelados, una cenita amenizada con charlas filosófico-moteras hasta las tantas. Y por supuesto una buena tanda de chistes, cuanto más guarros mejor. Me quedo con el del cincel que contó Digesto (de lo más guarro que recuerdo en mi vida).
Y por supuesto la famosa queimada, deliciosa de preparar y más deliciosa de catar. Lo único malo es que había poca para la panda de bebe-sin-sed que éramos, aunque hubiera hecho falta unos doscientos litros para que nos diéramos por satisfechos…
Lunes 1º de mayo, día del trabajador.
Como dice el refrán, todo lo bueno se acaba y si es muy bueno acaba antes, hoy era día de despedidas. Remoloneamos un poco más en la cama y, con la emoción contenida dijimos adiós a los queridísimos amigos que hemos hecho en estos días. Partimos hacia los cuatro puntos cardinales, arropados por el recuerdo de tres días inolvidables y todas las capas de abrigo que llevábamos porque de nuevo, a la vuelta, hacía un frío del carallo.
Compañeros Bravús, un brindis por vosotros, que no sea la "primera" ni la última vez que nos veamos… OS LLEVO EN EL CORAZÓN